Feb 282011
 

Lucian Muntean

por Fabianni Belemuski

Desde los inicios de la civilización, el hombre ha querido guardar recuerdos de su actividad. Era un intento de eternizar lo vivido, el intento de dar cuenta de algo que pasó, sorprender los elementos que causaron impresión en formatos que no serían borrados por el paso del tiempo. En el momento en que el hombre sospechó por primera vez que se estaba muriendo, nació también el arte, que era el lenguaje infinito y sublime de la eternidad y el deseo de trascendencia. En los inicios, el arte se dirigía, desde las tristes entrañas del hombre, a la exterioridad, donde esperaba encontrar permanencia sin renuncia.

Así, las escenas de caza y pesca, los rituales, los ciervos de los petroglifos de Pontevedra o las representaciones circulares de las comunidades primitivas, son actos artísticos auténticos. No quieren ser fuentes históricas para un recuerdo colectivo sino que son, simplemente, manifestaciones sublimes que buscan la trascendencia.