Feb 012012
 
portada de profundidad de campo

Diego Vadillo López

portada de profundidad de campoPerteneciente a una generación atracada en la vida adulta cuando todos los campos estaban copados por precedentes promociones, por ende sentadas antes a la mesa; observando su trayectoria el visitante se dará pronto cuenta de que Yolanda Castaño optó por la mejor vía que tenía a mano su generación: una mezcla de voluntad y de imaginación.

Haciendo siquiera sucinta revisión del currículo de la polifacética gallega pronto nos percatamos de que se trata de una gran emprendedora. Una conseguidora. ¿A caso no es meritorio alcanzar la primera línea poética a nivel nacional partiendo de una lengua cooficial como el gallego?

Esta mujer también ha hecho cohabitar a las diferentes disciplinas artísticas, implicando, además, a éstas con las nuevas tecnologías. Ella misma compagina su faceta de escritora con la de galerista o la de comunicadora.Aquí nos vamos a centrar en la primera de las dedicaciones mencionadas más arriba al analizar su poemario (en edición bilingüe gallego-castellano) «Profundidad de campo» (2009), libro aparecido dos años antes sólo en gallego.

Posee «Profundidad de campo» un tono suavemente iconoclasta en el abordaje de circunstancias autorreferenciales al menos en apariencia.

En el primer poema, «(RE)SER(VADO)», la poetisa se zambulle en un desazonado «re-conocimiento» de sí misma cayendo en la cuenta del hiato entre las expectativas y lo que la realidad había concedido. Queda, así, expresado el conflicto interno que le suscita la caída en la cuenta del hurto de los sueños obrado por el pasar de los años: «Mi propio sueño se marchó de mí conmigo».

Se da cuenta, en definitiva, en el poema de la dificultad que implica plantar cara a la vida, siendo más cómodo claudicar, dejándose llevar «a algún lugar seguro».
Seguidamente nos encontramos con un nuevo y estremecedor poema, dividido en cuatro partes, «HIGHWAY TO HEAVEN». En tal pieza, de tono entre luctuoso y trascendente, queda de fondo el tópico de la «Fortuna mutable», pues la escritora plantea una hipótesis funesta: refiere cómo en la autopista se dibujan las marcas de derrapes que han terminado en accidente para, acto seguido, preguntarse por el aspecto de su cuerpo malogrado si se viese implicado en tal tesitura.

Tan estremecedor planteamiento casa a la perfección con la forma de disponer algunos de los versos. Entre la segunda estrofa de la parte I del poema que nos ocupa, y la última de la parte II, se produce la merma paulatina en el número de sílabas de los versos, acabando dos de las estrofas en sendos monosílabos, y otorgando el paulatino refreno la sensación de entrecortada alocución que llega hasta la congoja. Todo un «ubi sunt» con indeseada proyección futura.

Cabe destacar entre las fórmulas estilísticas el juego tipográfico que tiene lugar en el segundo verso de la parte II: «Entre esto     y nada     un minúsculo movimiento» y dos hermosas sinestesias: «sonrosado peso» y «mariposa de frío», esta última cabe interpretarla como símbolo del alma, gélida ante las circunstancias en que brota.

Deja, al fin, este poema un poso reflexivo con un dejo metafísico sobre el sentido de la existencia planteado por la poetisa desde sí.

Otro poema digno de cumplida reseña es el que comienza «La belleza es un cerrado círculo…», en él la autora le hace una llave de judo a la tradición petrarquista, planteando la tan manida alusión a la belleza femenil de manera herética y, lo que es más importante, desde la propia perspectiva de la mujer hermosa. Yolanda Castaño elabora un bello poema pese a lo anticlimático, pues ofrece réplica a los encomios instalados en la lírica usanza.

Se ofrece en el poema el envés de la trama. La mujer bella en un cierto diálogo interior expresa las contras  con que los parámetros exteriores la atan. Dicho poema acaba en las dos siguientes estrofas: «Mi belleza que me deturpa,/ que opaca mis cristales,/ la que me niega// Mi belleza que manipulo,/ que no otorga perdón,/ la que me esconde».

No menos anticlimático resulta «MAQUILLAJE (sombra aquí, SOMBRA allá)», pese a lo aparentemente frívolo del título, todo es, al fin, una macabra ironía. Y es que el maquillaje en cuestión no es otra cosa que el elemento que oculta las secuelas de unos malos tratos. «Yo era un maravilloso monstruo,/ inconsciente y torturado», dicen dos de los versos. Otros son tan duros como sugestivos: «Escudos de sombras me salvaron» o «Protégete de todos ellos, blandiendo el lápiz de una mentira». La poetisa da al poema un tono de terrible ritual.

Sigue al anterior poema «HISTORIA DE LA TRANSFORMACIÓN», pieza en la que Yolanda Castaño da curso a una evocación no siempre grata del pasado, sometiendo también el presente a revisión. Hacia la mitad se nos refiere una metamorfosis, cuya lírica plasmación es dechado de plasticidad: «La tersura de mi vientre escoltaba a la primavera/ se desbordaron las caracolas en mis manos tan menudas/ mi más alto halago pellizcó mi ventrículo/ y ya no supe qué hacer con tanta luz en tanta sombra». Se nos otorga en este poema la posibilidad de asistir a un diálogo de la poetisa consigo misma y con el mundo en derredor, en el que también intervienen los fantasmas atraídos desde la penumbra del ayer.
Un poema con alta carga de ironía es «PERDÓN», en el que Castaño emite una serie de lamentaciones hilvanadas a la solicitud de indulgencias por portar la losa de la belleza: «Como nací guapa, debo hacer penitencia». Como decimos, con suma ironía y con repajolera gracia se leen en el poema planteamientos como los que siguen: «¿Usar una 36 y hacer literatura?// Quisiera pedir PERDÓN/ con mis labios más pequeños». Entra en conexión este poema con el ya tratado «La belleza es un cerrado círculo…», de lo que se colige una cierta intención desmitificadora de ciertos prejuicios por parte de una mujer particularmente bella… que hace literatura.

En este sucinto recorrido por el poemario que nos ocupa me llama también la atención el poema «CUENTO DE HADAS», y es que en tal pieza es donde quizá mejor se vislumbre el gusto de Yolanda Castaño por la poesía de Gloria Fuertes, gusto que, por otro lado, comparto con ella, desde que en la más tierna infancia cayese en mis manos el libro de dicha autora «El hada acaramelada» (1981). No hay que obviar que, además, Yolanda Castaño también se dedica a la literatura infantil.

Hecho el anterior inciso, cabría decir que el poema vuelve a abundar en el desquiciamiento de los tópicos literarios, llevándolos más allá, ya que, efectivamente, la poetisa va más allá del tópico del «mundo al revés», pues se maneja, no en términos absolutos, sino en fórmulas más relativizadoras, constituyendo el poema todo expresión del desconcierto civil que nos adorna; nos ofrece la reversibilidad de los parámetros sociales en lo que pretende ser el final de una fábula de lo más dislocada, en la que todos los personajes ofrecen varias caras, quedando todo en un simpático juego paródico, merced a la maleabilidad de las estereotipias que consigue la autora.

Se perciben en los versos de Yolanda Castaño, como hija de su tiempo que es, muchos de los elementos de la posmodernidad, entendido aquí el concepto más en el sentido de circunstancia que invita a la apertura de insospechadas perspectivas que como postura cínica y artera.

Castaño dialoga con su tiempo, con las lacras arrastradas por el devenir histórico, pero lo hace de una manera plástica, sublimando lo truculento; edulcorando sus versículos el certero uso de la parodia; con la elegante y lúdica manipulación de los temas y de la estilística. En el momento más inesperado nos sorprende con pasajes como el que sigue: «Estamos rodeados/ de opciones armadas hasta los dientes», versos estos realmente intensos en lo que respecta a poder connotador. Préstese atención al siguiente: «Gusanos vienen a veces a habitarme los tendones», ¿acaso no recuerda tal metáfora a aquella d’Orsiana en «Oceanografía del tedio» en la que refería cómo una porción de su carne había sido colonizada por un hormigueo?

Logra la gallega poetisa aunar lo supuestamente trivial con lo elevado sabiéndolo llevar todo hacia una unidad de estilo reconocible en la suave elegancia con que expresa ideas y sentimientos de una contundencia no exenta de poder sugestivo.

Para terminar me gustaría aludir a «AUTONOMÍA DE LOS INDICIOS», un poema en el que se aborda la inevitabilidad de ser precedidos de una valoración de nosotros suscitada en los otros, interlocutores o no. Incluso de manera inconsciente enviamos indicios: «cada pelo de las cejas es un emblema publicitario», dice Yolanda Castaño, y es ahí donde se entrevé precisamente su sugerente posmodernidad, en la entreverada inclusión de detalles vinculados al tiempo actual, indicios al cabo de nuestro tiempo, como cuando en la parte IV del poema «HIGHWAY TO HEAVEN» escribía al inicio: «La autopista de noche parece un videojuego». Sabe entretejer diestramente Castaño con mimbres de actualidad los versículos en poemas excelsos, algo palmario a poco que nos adentremos en el exúbero bosque de su temperamento lírico.

Sin duda la poesía de Yolanda Castaño dice mucho de ella, de un estilo poético que con seguridad tendrá mucho más que decir en tiempos venideros.