Sep 122013
 

Fabianni Belemuski

Jean Baudrillard explicaba en uno de sus libros el proceso que llevó a la cultura a su estado actual, un estado al que denominaba postorgiástico y que sería, según el autor francés, un periodo de letargo y expectativa en que la sociedad posmoderna duerme su vida. La perspectiva abierta por esta definición no es esperanzadora. Todo parece dirigiste hacia un “cielo de la simulación”, donde las estrellas brillan quince minutos y se apagan. Los quince minutos de fama que Andy Warhol había predicho para cualquiera que los desease.

La literatura, desatada de cualquier estructura creativa que la mantenía sujeta en un molde más o menos fijo, ha pasado también por momentos convulsos hasta llegar a ser, como el arte, irrelevante, fútil, pasajera. Los nuevos escritores aparecen y desaparecen impulsados por potentísimas casas editoriales, venden, dan entrevistas y son olvidados. Hay una deslumbrante sucesión de nombres-noticia, de autores que pasan a un segundo plano después de brillar, para dejar espacio a otros, que, por ser lo nuevo, son necesariamente lo mejor.

Pero no todo es sombrío, hay que decirlo. No toda muerte significa un ocaso definitivo. En el caso de la literatura, su muerte, su colocación en el estado postorgiástico, puede significar la ocasión de empezar a escribir desde el olvido. Haciendo borrón y cuenta nueva. Pronto quedará únicamente la nostalgia del absoluto, pero nadie sabe predecir a ciencia cierta un único futuro para la escritura.

Javier Ruiz Portella, autor de El escritor que mató a Hitler (Ediciones Áltera), ha escrito una novela que consigue suscitar en el lector una fina comprensión de nuestro presente postorgiástigo desde una doble narración. Pasado y futuro son contados con la intención de ubicarnos mejor a la altura de nuestros tiempos. El mensaje del libro es una señal de alarma. El autor-mensajero, consciente de su propia confusión, reinante en el hombre tardo-moderno siente una aversión automática hacia el futuro liberado de las ataduras, pero su desprecio es todavía mayor hacia los prejuicios desde los que el pasado ha venido estructurando el presente.

El escritor que mató a Hitler narra simultáneamente, dos historias. Una, ubicada en el futuro, en la Europa de 2048 y la otra en el pasado, en los tiempos de Hitler. El autor ha elegido construir la novela sobre dos planos, retratando, desde ambos, nuestro presente confuso, en metamorfosis.

Amante de la ciencia ficción, Javier Ruíz Portella describe un futuro tecnológico en que el hombre ha muerto para dar paso a un ser nuevo que tiene muy poco que ver con el animal del que viene. La crítica de Portella llega en un momento en que cualquier crítica parece agua bendita para un universo tecnológico que se autodescribe automáticamente. “La escritura automática del mundo”, había señalado Baudrillard, es nuestro presente que irá perdiendo cada vez más su parecido con el hombre de carne y huesos. Javier Ruiz Portella se percata de ello y, con una mirada lúcida, tras abandonar la confusión de la sociedad de los excesos, advierte sobre el peligro del letargo en que hemos caído.

El desarrollo tecnológico nunca será suficientemente criticado. Por cada teléfono móvil inventado, por cada innovación en internet, por cada red social que aparece sería necesario un debate tan monumental que implicaría prácticamente a la totalidad de los beneficiarios de dichos inventos. Cansados de la crítica, de la riña, de los recelos, los nuevos hombres parecen adormecerse a voluntad, hundiéndose en la desgana. Razón no falta. Hay que mirar analíticamente a los acontecimientos del 15M para comprender con estupor que se han quedado en nada. Toda protesta en la actualidad está destinada a convertirse en una noticia más del día, para luego dejar espacio a las nuevas noticias. Vivimos en la era de los eventos sin consecuencia y Portella lo señala al retratar una sociedad futura horrorosa que surgirá de la dirección que la historia está tomando en el presente.

El autor, un poco a la manera de Aldous Huxley en Un mundo feliz, intenta hacer reflexionar a los lectores con imágenes tan crudas como las ofrecidas por los Centros Ocióticos, lugares de depravación carnal, donde lo grotesco pasa a ser parte de la normalidad. La protagonista de la historia futura observa horripilada “aquel amasijo de órganos y carne, glándulas y vísceras, sudor y rutina”, un lugar donde la gente intercambia fluidos libremente, una especie de Swinger Clubs generalizados. El estado postorgiástico en el que vivirá el hombre desacralizado es un arma de doble filo. Por una parte, al renunciar a la visión antropocéntrica del universo, el hombre puede convertirse en una especie más del planeta y renunciando a cualquier prejuicio místico, puede vivir sin la esperanza de la transcendencia. Por otra parte es posible que la renuncia le pese demasiado y que, a consecuencia de una desmitificación total no pueda enfrentarse a una vida sin causa, sin propósito, sin sentido, sin Dios. El escritor que mató a Hitler llega precisamente para poner sobre el tapete las opciones que se nos abren.

La obra no carece de cierto aire optimista al ubicar todavía en Europa, el centro poblacional del mundo, por lo menos en cuanto a turistas se refiere. Es como una apuesta por Europa, aunque en un sentido claramente literario, por aquella Europa que se encuentra en el escenario de las noticias internacionales, en el centro del mundo. La visión podría ser cierta y quizás, cuando el crecimiento económico y tecnológico mundial se haya ralentizado, el mundo se volverá hacia sí mismo para comprenderse mejor y qué mejor lugar para mirar que el cementerio más reciente, el Occidente acallado, engullido y devorado por su mismo orgullo: el orgullo de una razón que se nos revela como enfermedad mortal.

Profundizando en la predicción del futuro, al menos como una posibilidad entre muchas, el autor acierta al preconizar el reinado de la perfecta y total reproducción, haciendo otro guiño al pensamiento de Jean Baudrillard. Está en sintonía con toda la filosofía posterior a la Segunda Guerra Mundial. Está en sintonía con el nihilismo generalizado, con la marcha victoriosa del pensamiento débil. Aunque no hay que olvidar la conclusión que se extrae precisamente del nihilismo: cualquier punto de vista, cualquier argumentación es y siempre será subjetiva. El escepticismo es una alternativa entre muchas, el pesimismo es un escenario entre otros. El miedo es una posibilidad entre tantas otras que se le presentan al hombre una vez Dios haya muerto definitivamente.

En todo caso, de esta corriente nihilista hay que mencionar una vez más a Jean Baudrillard, quién con sus escenarios de museificación del pasado, con el simulacro llevado al paroxismo por la tecnología de última generación, por el triunfo de las pantallas, parece haber sido para Javier Ruiz Portella una fuente de inspiración de una riqueza literaria incuestionable.

Tras acabarse la esperanza de encontrar “el camino” de la vida, la manera óptima de vivir, tras finalizar, una vez dejado atrás el ahora legendario e irreal siglo XX, con todos sus istmos, revoluciones y esperanzas, tras la instalación del hombre en el cambio cuya única razón de ser reside en sí mismo y apuntarse de esta manera a lo único que no cesa y que no persigue objetivo alguno, el devenir, no queda ya nada más por lo que luchar. Queda la lucha, mientras se ha ido desvaneciendo la ilusión del objetivo.

Tras lanzarse al mundo de la novela, el ensayista y editor Javier Ruiz Portella consigue con El escritor que mató a Hitler una obra que merece ser leída por ser, antes que nada, una invitación a la reflexión. El abuelo de la protagonista de la historia futura que lo rescata de los escombros de un Paris reproducido a escala, había mantenido conversaciones con Hitler, Heidegger, Hanna Arendt y Thomas Mann. Todos ellos nombres que aportaron su interpretación del mundo que hoy nos toca vivir. Las reflexiones filosóficas, coladas en el desarrollo de la narración, no son otra cosa que puntos de referencia para establecer un relato que fluye y señala un peligro real. El porvenir está a punto de revelársenos en toda su monstruosidad insoportable.

El mundo futuro, habitado por “fálicos” y “abiertas” es el retrato irónico de una actualidad presente que rápidamente, a causa del juego deshumanizador de la corrección política, se hunde en su propia irrelevancia. Ese futuro trata de “romper el abusivo peso del pasado para abrir el arte a nuestro tiempo y a las aspiraciones de las ciudadanas y ciudadanos”. Ese futuro es el futuro del olvido de la muerte, un futuro en que la preocupación y la angustia de la muerte quedan relegadas a un metaplano de cuya existencia es habitual dudar. Exista o no la muerte, la cuestión ha dejado de tener importancia. “¿Se habrán olvidado todos de que se van a morir? ¿A nadie le interesa ya perdurar a través de su descendencia?”, se pregunta retóricamente el autor, proponiendo preguntas que no solemos hacernos.

Por todo lo dicho, por ser una novela reflexiva que pone en tela de juicio nuestro saber, El escritor que mató a Hitler es un libro que hay que leer, comprender y experimentar. Tal vez no estemos lejos de la desaparición total, pero también puede ser que estemos ante una ampliación del campo de batalla, como reza el nombre de un libro de Houellebecq. Puede que sea necesario que pasemos a la acción y puede ser que, después de todo, la acción se expanda definitivamente. El pasado está para poder decidir el futuro.