Feb 012012
 
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Por Diego Vadillo López

Ilustraciones por Tudor Serbanescu

Leyendo el poemario “Ceniza y agua” (Globus, Moscú, 2010) uno percibe cierto suave escepticismo sobre el que remonta, en última instancia, un halo de esperanzado balance.

Muy al contrario se expresaba el también escéptico y brillante columnista José Luis Alvite cuando escribía: “Cada vez que alguien me sugiere algo que le parece interesante, cualquier cosa que supone que podría apasionarme, le contesto que habría sido mucho mejor en otro momento, algún tiempo atrás, cuando de cualquier decisión acertada que tomase estuviese seguro de disponer luego de tiempo para permitirme el placer de recordarla”, a lo que añadía, tras el punto y seguido: “Considero que en mi vida ha llegado el momento de renunciar a la posibilidad de que me ocurran cosas memorables con cuya evocación pueda disfrutar el día de mañana” (“La Razón”, 17-9-2011, página 12).En la también escéptica (a mi modo de ver) Alba Azucena Torres, tal actitud adquiere otras directrices, otros tintes, que nada tienen que ver con el nihilismo alardeado por Alvite. En nuestra poetisa, como se va a ver, el escepticismo, fruto de la experiencia, flirtea con la esperanza y con el deleite en el recuerdo; en la remembranza de pasajes más o menos felices que, al cabo, abrigan una trayectoria vital. Dichas conexiones ya portan un poético presupuesto.

En el primer poema (“La Pécheresse”) se esgrime la avocación a una meta desde la consolidación, tiempo ha, de la llegada a destino. En el poema se contempla la trayectoria, el esquema del tránsito, en el que la implicada es también referida a través de un poético y sinecdóquico esquema: “ceniza y agua”. La composición del cuerpo humano según dicen es de un ochenta por ciento de agua, por su parte la ceniza parece emparentar con el polvo potencial que somos, ese al que Quevedo se refirió como “enamorado”.

El segundo poema del libro (“La caída”) nos refiere una caída en los brazos de la pasión; una caída libre y controlada tras la que remontar el vuelo hacia el sentimiento. Cae ella sobre el terreno estable que es él, quien la abraza mortalmente para resucitarla en pasional paradoja, a su vez envuelta en lo etéreo y susurrante de aliteradoras recurrencias.

El poema “Se quedará su voz conmigo”, compuesto por ocho versos, porta un ritmo muy acentuado (casi todos los versos tienen pie acentual en la sílaba sexta) que redunda en la musicalidad de toda la pieza. Y sobre tales estructuras podemos atisbar el modo como la física newtoniana es trocada a la lírica usanza: en el primer verso es la parte del todo (“voz”) la mencionada. En el segundo se afianza la transparencia del sonido en alusión a una corporeidad que aparece tan solo a través del recuerdo gutural aún más desmaterializado (“el fantasma de tu canto”).

En atmósfera tan etérea, de manera inesperada irrumpe un guiño material a través de la sinestesia que ocupa el verso tercero: “un puñado de risas y de besos”.

Mas a partir del siguiente verso se restituye la inmaterialidad al vacío de una ausencia que incide en una, intuimos que indeseada, huelga de soledad cuyos servicios mínimos llegan a través del recuerdo.

 

Similar estrategia lírica que en el anterior poema glosado hallamos en “Misterio”, donde la poetisa se muestra escrutadora de misterios y errante buscadora de inefables sensaciones. No obstante, vuelve al paradójico rasgo materializador en el verso cuarto: “duda clavada en el pecho”. Pero lo realmente paradójico del poema se dirime en los dos últimos versos, donde se llega a un climax anticlimático por la ruptura que representan con respecto a lo antedicho las siguientes palabras: “Con el huracanado amor que me inspiras/ en los brazos de otro”, he ahí la ruptura, el shock.

Un claro ejemplo de escepticismo bien llevado lo representa “Sé que jamás”. Se percibe en las constantes recurrencias anafóricas del poema el poso de experiencia que supone el ser consciente de una evidencia y, pese a ello, no resignarse a dejar de disfrutar episodios que se presentan a lo largo del periplo vital.

En definitiva, eso es lo que creo percibir en la poesía de Alba Azucena Torres, un escepticismo y una nostalgia desbordadas por el vitalismo exuberante y sensual de una poetisa sensible, portadora de ciertos tules en su estilo muy del Modernismo, movimiento tan cosmopolita, intenso y delicado como muestra ser Ella en sus evocaciones intimistas y [presumimos que] autobiográficas: un dechado de hondura y nostalgia no exentos de cierta elegante picardía.