Apr 072013
 

por Héctor Martínez Sanz

Retrato de Alex Belemuski por Tudor Serbanescu

Retrato de Alex Belemuski por Tudor Serbanescu

Siempre es un placer que mis palabras sean un leal escudero de este particular Don Quijote que es Tudor. Y digo Don Quijote con conocimiento de causa: siempre lo verán ustedes acompañado de su unicornio rocín blanco, llámese Rocinante o Clavileño, inventando realidades que los demás no vemos. Realidades que si no fuera por él, nos perderíamos. Yo soy ese Sancho “Panza” que camina junto a él, sobre un burro a la altura de las ijadas de su montura, y que se maravilla de lo que le enseñan. Si Don Quijote cumplió con hacer de Sancho gobernador de una ínsula, paralelamente Tudor cumplió haciéndome a mí Unicornio hace tiempo, a imagen y semejanza del unicornio que en sus cuadros cabalga.

No desbarro mucho en la cita literaria, pues la exposición de las dos series de pintura “Cuentos Tradicionales”  y “Retratos de Espacio Niram”, se titula “Tudor 1001”, resonancia de aquella bella Scherezade también inventando y relatando cuentos varios al sultán. De algún modo, nosotros, sultanes modernos, abandonamos la crueldad rutinaria (aunque no vamos cortando cabezas) y prestamos oído a los cuentos artísticos que se nos narran en esta exposición.

Aquí, en el Centro Cultural Ágata, pueden ustedes contemplar uno de los ejemplares de unicornio que guarda en su onírica caballeriza. Pueden oírlo relinchar al viento. Dicen los que saben, que cuando un caballo relincha pretende hacerse presente, indicar dónde está para que lo sepamos, saludarnos y llamarnos porque se siente en soledad. Pero esto es porque el caballo en estado salvaje es animal de manada. Sin embargo, el unicornio es un animal solitario, que acaso sólo se deja ver, tocar y acompañar por los seres puros e inocentes. Esta pureza es la que lo asoció a las vírgenes y a convertir al prodigioso animal en símbolo de la virginidad. De ahí que en Tudor, el unicornio se represente siempre montado por la muchacha virgen y desnuda. La desnudez de la mujer y la blancura del animal son metáforas que corren paralelas y que en este caso llevan a su fusión indisoluble en la pintura. El relincho del unicornio y la fundición de la mujer con el animal son, en conjunto, un reclamo a esa pureza e inocencia del ser, a la buena voluntad y la limpieza de corazón y conciencia. El unicornio nos llama, y responder a su llamada no es otra cosa que purificarnos.

Retrato de Antonio Porpetta por Tudor Serbanescu

Retrato de Antonio Porpetta por Tudor Serbanescu

Bajo el caballo, la moneda de euro sobre el suelo ajedrezado parece ser el motivo de su llamada. Recordemos primeramente que el ajedrezado servía para dotar de profundidad y amplitud a la pintura, así como para dirigir la atención del espectador. También que se recarga de cierto contenido alegórico, como espacio dual blanco-negro, y como lugar de batalla y juego de la inteligencia. Así mismo, debemos advertir dos cosas fundamentales: la primera, que el caballo y la dama son dos piezas críticas del ajedrez, cuyos siguientes movimientos, en mi opinión, suelen ser los más complicados de ver o predecir; la segunda, que nuestro unicornio-mujer blanco sólo pisa las baldosas blancas. De hecho, la alternancia de color entre blanco y negro se ve alterada para que así sea. Por último, debemos percibir que el ajedrez no ocupa toda la extensión del suelo, sino que hay tierra y cielo más allá de él, y que en su mismo centro, la moneda de euro reposa sobre los colores primarios rojo y azul. Éstos son una llamada a la pequeña figura que a nuestra izquierda, luciendo los mismos tonos rojos, azules y blancos, evoca la figura femenina de infantas o meninas velazquianas (tan reinterpretadas por Picasso, Dalí, Sorolla, Hamilton etc.), surgida en fases sucesivas desde la bidimensionalidad del plano hasta el volumen transparente y la sólida figura. Estática, sin rostro, descentrada, sobre blanco y negro continuamente, resulta inquietante y contradictoria con las líneas del suelo ajedrezado y el orden del resto del cuadro. De inmediato nos lleva a relacionar arte y comercio por la simetría de color entre menina y moneda de euro.

Los mismos elementos nos abren la puerta y nos trasladan a la retratística de Tudor. Así, en el retrato de “Alvaro Lobato”, donde volvemos a percibir esa huella onírica. Tanto figura como elementos se encuentran suspendidos en el aire, se elevan sobre el suelo en una suerte de trascendencia. Además de remitirnos a esta pintura por estar ligada a la anterior mediante el ajedrez y el eco del caballo maravilloso, de nuevo como pieza solitaria sobre el tablero, cuyo movimiento está sugerido siguiendo las reglas del juego con un cambio de color sobre la siguiente casilla, observamos el busto de Alvaro Lobato, director de las Galerías de Arte Contemporáneo MAC de Lisboa, disueltas las líneas de modo que se nos sugiera un orbe, el mismo que en equilibrio se sostiene sobre su hombro derecho y sirve a la simetría diagonal del cuadro. Este retrato, como el resto, no es por encargo, es un homenaje y en él Tudor ha obrado con la libertad y la genialidad que le caracterizan. Ha formado un conjunto interpretativo en el que se canta al arte y a la inteligencia, en la que nuestro caballo avanza hacia el protagonista con decisión siguiendo el imaginario alineamiento diagonal. Alvaro Lobato está pintado con mirada lúcida y visionaria, no nos interroga sino que contempla, y apenas percibimos en su transparencia las lentes que porta. Éstas sólo se sugieren en la forma alrededor del ojo, pues interesa al pintor más la pupila del galerista.

El canto al arte desde la posición onírica continua en los siguientes tres retratos. El complejo alegórico que conforman los tres en Tudor, me sugieren una cierta tendencia del modernismo poético al aunar poesía, pintura y música como las tres grandes disciplinas artísticas. Así, al menos, puede verse en los poemas de Rubén Darío, en los que musicalidad y ritmo marcado se aúnan al incesante cromatismo con que colorea la palabra poética. Por esto, por una razón tan literaria y subjetiva, los trato como complejo unitario, al que cabría añadir esa mujer-escorpión, por razones que veremos.

En el primero tenemos a alguien perfectamente reconocible para el público, por estar hoy ante ustedes. Hablo del retrato de Rita Martorell, quien se deshace en hilos de pintura frente a nosotros. Tudor la representa así,  como objeto artístico, hecha de la materia pictórica, de color y trazos frescos que se escurren por la tela. Usa Tudor contrastes de tonos claros para el fondo, el cabello y la piel, y oscuros para la ropa, dotando de un efecto de volumen a la figura contra el fondo. Otro dato a tener en cuenta es percibir cómo Tudor enmarca el rostro con la melena difuminada, mientras que trabaja, perfila y detalla las facciones de la cara, cejas, línea de ojo, sonrisa y dientes. Ha prestado y quiere que prestemos mayor atención al rostro sonriente de la artista, razón por la que hay mayor detenimiento en la ejecución. Igualmente, el colgante que engalana a la figura refleja ese detallismo y su intencionalidad manifiesta. Llamativo es que Tudor haya incluido como elemento la grafía, el nombre de la artista a su espalda en una perpetua recurrencia, a modo de eco impreso en el fondo.

Similarmente se nos presenta el retrato de un amigo común, el poeta Antonio Porpetta. En este caso se sugiere la forma del poeta en la caída desde el margen superior de gotas de pintura azul que delinean la figura y resbalan sobre su busto, semejando ríos y afluentes, los mismos ríos a los que se refiriera nuestro amigo poeta en 2002 en Belgrado, con acento crítico:

Quiero decir que amo los ríos (“nuestra vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”, dijo el poeta español Jorge Manrique, en el siglo XV), con su imagen fugaz y permanente a la vez, con sus largos viajes a través de paisajes y fronteras, con el bullicio de su vida interior, con su limpio canto de libertad

Y que nadie tiene derecho, nadie, a convertir esos ríos en estampa del horror y de la destrucción, a llenar sus cauces de puentes derruidos, de barcos naufragados, sus orillas de miradas llenas de asombro y desaliento.

Obsérvese lo que para mí distingue sutilmente ambas pinturas: No es como antes, que la protagonista estaba modelada de la propia materia pictórica, sino que en este caso el arte envuelve, dibuja e inspira al escritor. Se trata de una pintura más clara, con matices de luz sobre la cabeza, y en la que volvemos a encontrar ese esfuerzo en el detalle facial y la importancia asignada a la mirada detrás de las gafas y su transparencia. Porpetta emerge ante nosotros por detrás de la tela, como si hubiésemos limpiado el vaho sobre un cristal. Es un efecto opuesto a la pintura de Rita Martorell, no se superpone al fondo, sino que pareciera haber sido descubierto en el interior de la tela.

En ambos casos, a diferencia del retrato de Alvaro Lobato, cuya pose era contemplativa, generalizadora del mundo del arte, Rita Martorell y Antonio Porpetta nos miran directamente a nosotros, espectadores, con un dejo de alegría vital y claras señales de normal humanidad, sin aureolas que los alejen de la finitud que nos aqueja al resto.

El cuarto retrato de las artes es el dedicado a la música en la figura del pianista Alexandru Belemuski. En este caso lo crucial no es la mirada, sino el oído. Tudor propone al músico de perfil, centrando nuestra atención en el órgano sensorial del sonido. Démonos cuenta de cómo al hacer esto, los cristales de las lentes son más perceptibles cruzados por la luz, obligando al pintor a representar con destreza reflejos que antes no había en Alvaro Lobato o en Antonio Porpetta. Aquí, la figura del pianista asume rasgos simbólicos con esa mirada al punto vacío, su prolongación hacia un infinito que se nos hurta. El pianista no aparece aislado, sino como un elemento más en conjugación con el pentagrama que, cual cinta de Moebius, se retuerce tan suave como imposible, con largas curvas que sugieren en su movimiento esa armoniosa melodía que nace de la caja del piano, cuya llave es la metamorfoseada clave de sol, ese sonido por el que danza la pequeña figura aparentemente sostenido como un funambulista sobre el pentágrama, y que se extiende envolviendo al músico mismo en trance. El degradado de atrás crea dos planos de realidad: por un lado el espacio de creación, por otro la puerta sobre fondo oscuro; un contraste sustentado también sobre el teclado dividido en un espacio en sombra y otro en luz, y la obvia dualidad entre teclas blancas y negras.

En esta hilazón de pinturas, llegamos desde la música a la mujer-escorpión. Antes he mencionado que habría de formar parte del conjunto de las artes y aquí viene el porqué. Hay en ella un guiño al campo de la fotografía y de Man Ray, del surrealismo y del cubismo, a través del cual nos retrotraemos hasta el que es considerado primer pintor moderno: Ingres, su peculiar bañista y su aún más peculiar violín. En este solo cuadro está resuelto un conocimiento hondo de las artes por parte de Tudor.

En primer lugar, la elección del motivo: el desnudo femenino de espaldas no es marginal en la historia del arte (Velázquez, Manet, Dalí, Diego Ribera… y claro está, Ingres). En segundo lugar, Man Ray, quien basado en la reiterada bañista de espaldas de Ingres, realiza una de sus obras fotográficas más conocidas: El violín de Ingres. Imagino que ustedes sabrán que Ingres, junto a pincel, paleta y caballete, se fue a Toulouse a estudiar dibujo con su violín bajo el brazo, que siempre estuvo más orgulloso de cómo interpretaba con el violín que de la propia pintura por la que es conocido, y que lo donó en su muerte al actual Museo Ingres junto a todos sus bártulos artísticos. En tercer lugar, el hecho de que los instrumentos de cuerda fueron uno de los principales objetos empleados por los artistas cubistas, lo que da carta de naturaleza a esa suave abstracción geométrica que Tudor practica en el cuerpo de la mujer y la tela que la enmarca. Cuarto, la propia interpretación de la espalda de la mujer como espacio pictórico a través del tatuaje. Y al final, ese particular juego que Tudor se trae entre lo bidimensional y el volumen, como alegato evolutivo de la pintura, y que ya hemos mencionado a raíz de la primera obra que comentamos con la singular menina. Vemos como cola y aguijón del escorpión emanan del tatuaje en dos dimensiones y arrojan su sombra gracias a la luz sobre el propio tatuaje, ganando su tercera dimensión. Y una vez más observamos la dualidad en contraste blanco/negro por entre la cual, sombras y luces hacen de las suyas.

Dos últimos retratos quedan, aunque no por ello menos importantes. Al contrario, probablemente sean para el pintor los de mayor valor, no digo artístico, que también, sino emocional. Para nosotros lo son de igual forma. En ellos está la “mejor obra” en palabras del pintor, su hija Irina; nosotros damos con nuestra personal Scherezade.

De perfil, envuelta en un brillante y colorido pañuelo, cuyos pliegues van reflejando la luz de la pintura de forma lírica, damos con el rostro puro y de grandes ojos de la protagonista. La tonalidad cálida del rojo es la predominante, normalmente asociado a la intensidad de la emoción, y es precisamente la que rodea el rostro de la hija. En segundo plano, los tonos de azules claros, más relajados, para fondo y cuerpo, equilibrando el cromatismo. La combinación de color nos devuelve a nuestra primera pintura, como colores preferentes, aunque no únicos, para la paleta de Tudor. Debe llamar nuestra atención, en comparativa con el resto, que, tanto en ésta como en la segunda dedicada a Irina, la figura de la mujer ocupa la mayor parte del cuadro, de margen a margen, traída al frente por el pintor, lo que subraya aún más la relevancia vital de la retratada para el artista. Es de destacar la diferente direccionalidad, la primera desde un eje vertical y la segunda en eje diagonal sugiriendo movimiento, con el rostro en el plano central y donde el tono rojo vuelve a privilegiarse en dimensión junto al rostro de Irina desde el abanico abierto que sujeta con la mano diestra.

Y, en fin, ante este espectáculo estamos nosotros, despertando una vez que hemos descubierto el rostro de Scherezade y hemos desmontado de Clavileño, una vez que hemos recorrido los escenarios de ensueño y homenaje a las artes que Tudor nos ha ofrecido en ocho obras que, espero, aprecien con el mismo entusiasmo con que servidor las contempla.