Apr 082013
 

Héctor Martínez Sanz, alias “Notalpi”, florece… narrativamente… con  la novela “Mihai y Veronica”

Diego Vadillo López

 

Mihai Eminescu

Mihai Eminescu

Héctor Martínez es conocido en los cenáculos de la bohemia matritense con el sobrenombre de “Notalpié” por el regusto con que se deleita en la profusa aclaración a pie de página de sus escritos. También en el leguaje verbal tiende el bueno de Notalpi a introducir acotaciones sobre cualesquiera asunto que ocupe su irreprimible instinto conversacional.

Héctor Martínez Sanz es el último neoclásico de nuestras letras patrias. En su temperamento resplandecen algunos de los principales elementos dieciochescos, época más controversial de lo pudiere parecer, pues acurruca en su seno a un Torres Villarroel, de quien Héctor posee ese rasgo populachero y cercano, hablamos del Notalpi más divulgativo. También el XVIII acoge a un Jovellanos, más grave y burocrático. Quizá Héctor estaría en la órbita de Cadalso, ya que, en el momento más inesperado, el prerromántico hacía un paréntesis en el ejercicio del recto racionalismo y escoraba hacia el luctuoso romanticismo de “Noches lúgubres”, como Martínez Sanz en “Mihai y Veronica”.       Héctor nos tiene acostumbrados a un filtrado de los arduos asuntos de la especulación filosófica, por deformación profesional, la del docente que siempre está de guardia, y como anda entre la Grecia clásica y las corrientes existencialistas, le sale el Unamuno genético habitualmente y entrevera su doxográfica pasión en sus escritos de cualesquiera índole.

Como poeta, también percibo a nuestro autor claramente neoclásico en términos generales. Hablo de la poesía en verso, porque ahora ya he tenido, merced a la lectura de “Mihai y Veronica”, acceso al prosista poético.

Sí, “Mihai y Veronica” es una deliciosa pieza lírica en prosa. Pero no solo eso, que iremos viendo por qué, sino que también es un ensayístico viaje en pos de la anagnórisis; un intrínseco éxodo a través del sedimento lírico-filosófico-mitológico de un bardo que empatiza con otro y lo armoniza todo a través de esa agencia de viajes de lo sublime que es el estilo libre indirecto, muy presente a lo largo de todo el trayecto literario.

Como es costumbre en los escritos de Héctor Notalpi, a lo largo del texto van apareciendo multitud de referentes culturales de todos los tiempos semejando la obra, vista en ese prisma, una casa de tócame Roque humanística. Él, que, como decíamos, se ha ganado el cariñoso apelativo por algo, nos cerciora de todas y cada una de las visitas que ha recibido la novela, inventariando en unos anexos finales tan egregios cameos.

Eminescu, poeta rumano a quien va dedicado el libro, en fin… se puede dar por satisfecho por el cobertor de referencias a la cultura universal con el que Héctor ha arropado su sueño eterno, todo ello unificado a través de una inaudita capacidad armonizadora.

La dedicatoria, propiamente dicha, se desarrolla a través de la elevación del propio Eminescu hacia el papel protagónico.

Decíamos que Héctor se caracteriza mucho por incidir en la acotación aclaratoria, generando un discurso en paralelo a aquel del que brota este, secundario-aclaratorio; bien, pues tal lógica se produce en la trama argumental de “Mihai y Veronica”, ya que la novela es biplánica, transcurriendo la mayor parte de la misma por los bajos fondos, por las abisales profundidades del inframundo, viéndose abocado Eminescu a una búsqueda denodada, aventurera y discusiva; teniéndolas con los más terribles y desapacibles seres.

De manera semejante a la película “Ghost” pero con enjundia intelectual se nos refiere una pasión amorosa entre el más acá y el más allá, y no se nos refiere de cualquier modo, sino a través de un fino lirismo cuyos bucles gramaticales nos invitan a un sugestivo regodeo lecto-comprehensivo, placentero por demás.

La novela de Notalpi nos remite una poesía superadora del mundo trivial; nos deleita con la mostración de una serie de incidencias intermundos.

Mihai Eminescu Veronica Micle

Mihai Eminescu y Veronica Micle

Y no es gratuito reincidir en los valores poéticos de “Mihai y Veronica”; de manera casual, o por encerrar un temperamento poético nuestro autor, de repente, si caemos en la cuenta, el muy truhán nos está colando auténticos versos que, si los aislásemos del pasaje prosístico al que pertenecen, de manera autónoma, serían versos de gran poder embriagador. Veamos, por ejemplo, la siguiente secuencia: “Abajo el abismo parecía no agotarse. Y Mihai caía serenamente en lo profundo de lo desconocido, del lugar aquel donde no existen los amaneceres…”. Bien, hasta el primer punto tenemos un alejandrino, seguido este de un endecasílabo; al final obtendríamos otro endecasílabo. “Ergo” se podría disponer quizá el pasaje aludido del siguiente modo:

 

“Abajo el abismo parecía no agotarse.

Y Mihai caía serenamente

en lo profundo

de lo desconocido, del lugar aquel

donde no existen los amaneceres…”

 

Así las cosas, quedaría comprobado el trasvase de una pulsión poética a un formato “a priori” no destinado a albergar tamaña elevación.

Aquí servirían la palabras de Miguel García Posada, referidas a “Mortal y rosa”, cuando hablaba de una “obra de orientación centrípeta […] donde sólo resuenan las voces interiores, los ecos de la propia intimidad conturbada” (Introducción a…, Cátedra, Madrid, 2001, página 23) y ello en el molde de lo que “de modo impreciso se entiende por ‘novela’, esto es, una historia articulada, de trama más o menos evidente, dentro de una poética de origen realista” (“Ibídem”, página 16), donde se exhibe un “estilo […] lírico o ensayístico, además de narrativo, y casi siembre elevado, grave” (“Ibídem”, página 42).

En el cosmos variopinto y armonizado entretejido por Héctor Martínez se puede observar también la interrelación entre la sintaxis y el discurso. Asido nuestro autor al riguroso proceder, no deja nada al albur de la casualidad, como el reformista ilustrado dieciochesco que es. Obsérvese el siguiente pasaje:

 

“Mihai y el espectro de Ion se adentraron en el apretado y agobiante bosque de las almas en pena. En poco tiempo, Mihai se hallaba rodeado de las cadavéricas formas, que contra él arrojaban sus demacrados brazos. El hueco que el espectro despejaba a su paso rápidamente era rellenado por cientos de suplicantes sombras que cerraban el camino a Mihai. Asediado por lamentos y quejidos de los malditos, no lograba avanzar. Se veía sujeto y restregado por más y  más trémulas manos sin vida, acorralado por los semblantes desencajados…”

Se advierte cómo la abigarrada sintaxis viene a otorgar la sensación de una atmósfera no menos abigarrada, que es lo que expresa el fragmento. Además se da la reiteración de los fonemas consonánticos vibrantes, hermanados en un batiburrillo lingüístico emparentado a las mil maravillas con el escenario narrado.

Todos los elementos tratados, e innumerables que aquí nos dejamos, encontrará el lector que ose adentrarse en el sugerente universo creado por Héctor Martínez (Notalpi) al abrigo de la estela del gran poeta Mihai Eminescu. “Mihai y Veronica”, de alguna manera, pertenece a la literatura de viajes, de esos viajes intangibles por un limbo para cuyo recorrido la novela ha de servir de guía turística.