Jun 032009
 

CAP. LXXV

QUE TRATA DE CÓMO DON QUIJOTE VENCIÓ A LA MUERTE  Y VIVIÓ EN LA RUMANÍA Y DE LAS EXTRAÑAS AVENTURAS QUE ALLÍ LE ACONTECIERON

 

Hallándome yo por las tierras castellanas vine a dar entre los cajones de un viejo mercadillo con unos fragmentos harto extraños que parecían hablar de un último capítulo de las hazañas de aquel caballero de la Triste Figura, que con su rocín y su escudero, cabalgó las tierras de La Mancha y aún más las catalanas como también, según contasen otros, por las justas de Zaragoza y hasta por los encierros de Pamplona. Y como viene siendo normal que sean las gentes árabes quienes sobre el Caballero Andante escriban y los otros los que prosiguen, fui derecho a averiguar la firma de los manuscritos, viendo, con gran sorpresa, que ni era aquel Cide Hamette ni aquel Alisolán del de Avellaneda, ni persona árabe ninguna, sino un tal Razvan Cruceanu, según deduje de la caligrafía que rubricaba el pie de cada legajo. Y cuenta éste que en la postrera hora del hidalgo, acostado en el lecho y junto al escribano, despedido de Sancho y su sobrina, puestos los asuntos de su hacienda en orden, y recibidas las unciones que al enfermo se dan a la salida de este mundo, una gran luz, de las que ciegan la mirada, relumbró por todo el aposento dejando, para cuando se apagó, el lecho y las sábanas sin huésped. Y prosigue diciendo que así todos vinieron a creer que el hidalgo que perteneciera a la nobilísima orden de los caballeros andantes había abandonado este mundo para una mejor vida a la diestra del Criador.