Sep 272014
 

Diego Vadillo López

José Serna Andrés

José Serna Andrés

Tras la lectura de Redes de calma (Niram Art, 2013), de José Serna Andrés, una serie de reflexiones de distinto tenor me sobrevinieron. Y es que se trata de una obra diversa pero unitaria en su diversidad; es un poemario conformado con varios poemarios que vierten sus respectivos contenidos en un único caudal lírico, por lo que se hace posible hallar eso que se suele llamar «voz poética», una voz singular sustentada en una serie de rasgos de estilo algunos de los cuales pasamos a abordar.

Antes de incursionar más en profundidad no puedo dejar de hacer mención al hecho de que el orden normal (canónico) de la lectura se halle subvertido. Me explico mejor: resulta que hay que empezar a leer el libro desde el final, pues el primer poema se encuentra en lo que habitualmente es el final del libro y, a la inversa, el que hubiera de ser el último está situado en lo que venimos entendiendo como principio del libro.

Así las cosas, al comenzar a leer el poemario por el final, da la sensación como de que fuésemos desclasificando episodios vitales en lo que semejaría una vuelta hacia atrás de la mirada, cosa que casa muy bien con el contenido general que porta, ya que es un libro eminentemente introspectivo y evocativo.

Ya insertos en la particular lógica de «Redes de calma», nos encontramos con el poema «EL GRITO», que viene a ser un lamento ante la irremediabilidad de un mundo henchido de injusticia y dolor, un «grito» de frustración ante la evidencia de no poder hacer mucho más que refugiarse en estoico-escépticos cobertores.

Redes de calma de José Serna Andrés, Niram Art Editorial

Redes de calma de José Serna Andrés, Niram Art Editorial

En el recorrido poemático se observa una inarmonía versal puesta de manifiesto en los versículos de irregular medida que pueblan la obra toda. Encontramos desde versos monosílabos hasta aquellos que superan la veintena de sílabas, con multitud de encabalgamientos abruptos (a la Blas de Otero usanza).

Por entre el ya mencionado evocativo orbe me encuentro con un poema («MATALASCAÑAS») que se me antoja delicioso, sobre todo por la forma en que el autor entreteje metáforas, personificaciones y finísimas hipérboles de alto poder sugestivo.

 

El sol poniente,

al despedir la raya del mar,

besa los silenciosos tonos amarillos

de la belleza. (p. 20)

 

Obsérvese la personificación del sol y la geometrización del horizonte, su reducción a mera raya, y la doble sinestesización: cuando se atribuye la cualidad de guardar silencio al tono amarillo y, a su vez, tonalidad amarilla a la belleza.

Otro párrafo del mismo poema que a mi entender exige mención es el que sigue:

 

Sentadas sobre la tarde,

dos niñas

dejan caer sus risas

en rostros de esperanza.

 

La metáfora hiperbólica que presenta a las niñas sentadas sobre la tarde encierra hondo poder sugestivo, sensación que no ceja dado que en los dos siguientes versos de la estrofa es obrada una cosificación si bien con la previa intercesión de la sinestesia que pone en relación los ámbitos de lo matérico y de lo inaprehensible.

Una característica del poemario es el recurso a la concreción de lo inmaterial, con el consiguiente flujo de belleza que implica. Ejemplo de tal característica es el poema «PASADO ACTIVO», en el que encontramos la siguiente estrofa: «Posan los silencios en las telarañas/ pero no se rompen» (p. 26). En «JE, JE…» se lee: «Quieren decapitar la luz» (p. 28).

Otro de los mensajes que interpreto en el libro es la esencia contingente que nos adorna; uno de los poemas en que más lírica y certeramente queda plasmado es «PROVISIONALIDAD», en cuya tercera estrofa se puede leer:

Nuestros amarres son

tan perpetuos como la nieve

antes del deshielo (p. 32).

 

También, al anterior respecto, me parece interesante traer los siguientes versos: «Se me va cayendo la piel/ en escamas de calendario» (p. 33), que, además, encierran un cierto componente greguerístico.

Asimismo «Redes de calma» contiene un gran número de imágenes y símbolos relativos a la naturaleza, a lo paisajístico, y a lo atmosférico-meteorológico: «se me nublan los deseos» (p. 89), «Si puedo distinguir los valles acicalados de promesas» (p. 118)… si bien lo hidrológico hace más notorio y constante acto de presencia, dotando significativamente a la obra de su simbólica ambivalencia, ya que puede ser entendida como elemento creador  o destructor:

 

No es el río quien acrecienta el mar,

es la tenue —y permanente— lágrima

de su mirada (p. 100).

 

Además del agua, del viento y de otros recurrentes elementos, las «raíces» adquieren también muy manifiesta presencia a lo largo de todo el poemario, cosa que tiene sentido por lo que representan de sustento del árbol, que, a su vez, cabría ser interpretado como eje entre los mundos. Y es que el que nos ocupa es un libro lleno de una honda introspección (ya lo hemos dicho) fruto, se colige, de un dilatado bagaje vital. Se entrevé en él todo el compendio de elementos que conforman, al fin, la vida.

Quedaría José Serna erigido en un «homo viator» que revisase las páginas en las que se escribe el pasado de una trayectoria, un pasado en el que queda inscrito un deseo de plenitud (constatable en muchos poemas), un pesimismo del que se quisiese huir, consiguiéndose en esas ocasiones en las que queda de manifiesto algún que otro respiro.