Apr 082013
 

Diego Vadillo López

 

Exposicion BOTANyCA

Exposicion BOTANyCA

BOTÁNyCA es el título bajo el que se ha alojado la exposición colectiva que, comprendiendo obras relativas a un vegetal-trascendido universo (aportadas por los artistas que siguen: Almudena Armenta [Coord.], Elena Blanch, Sonia Cabello, Consuelo de la Cuadra, Teresa Guerrero, Toya Legido, Paris Matía, Jaime Munárriz, Joaquín Perea, María Jesús Romero y Carmen Van den Eynde), nos ha vuelto a parafrasear del modo más gráfico aquella máxima de Huidobro la cual nos emplazaba a crear la flor en vez de reproducirla.

Aquí se ha ido un punto más allá, llegándose a jugar con lo floral del más inusitado modo.

No deja de ser una provocación recluir en un palacio de invierno museístico, templo de lo vegetal-vegetal, una serie de plásticas muestras de honda-artificial floración creativa.

La embajada de lo ecológico-domesticado ha alojado en su seno a su vez una embajada de lo florecido al albur de la más singular predisposición.

Collages, esculturas, fotografías, etcétera han cohabitado con el vegetal muestrario residente en nuestro entrañable Jardín Botánico, en el Pabellón Villanueva, para ser más exactos, durante los once días que fueron del 10 al 21 de octubre de 2012.

De los pecíolos de la voluntad de estilo de los artistas mencionados brotó una exposición de hoja perenne pese a lo exiguo de su duración temporal.

El pabellón del Botánico quedó por un tiempo limitado convertido en un invernadero mas sin nada que ver con aquellos almerienses que nos nutren con la incertidumbre de no saber las consecuencias a largo plazo de la ingestión de unos productos pseudonaturales.

Aquí, en cambio, la artificialidad alimentaba el espíritu del viandante-observador con los frutos obrados por otros espíritus (traviesos).

Y es que la entrada a BOTÁNyCA suponía la incursión en un bosque animado; en un maravillador reducto de sugestivas manifestaciones con campamento base en la naturaleza vegetal desde donde se han alcanzado cumbres de insospechados desenlaces plásticos.

Se podría extraer la conclusión, visto lo visto, de que todo acaba en el arte; todo lo acaba por envolver el arte. En esta ocasión subyugaba el plástico actuar a la ciencia y a la propia Naturaleza a sus propósitos.

Por entre la hojarasca uno se encontraba con escultóricas-caprichosas formas obradas en madera de abedul (“Bahinja”, “Garrubia”, “Samara”…), con pequeños collages-bonsái (“1”, “2”, “3” y “4”), con hojas de terracota desplegando sendas verticales sonrisas (“Hoja, variación 8”…), con lábiles ramillas sin y con horizonte al fondo respectivamente (“Silencio” y “Entramado”), con la expresión del mundanal enrevesamiento (“De la mentira”), con alumínicas hojas plateadas que nos devolvían al inmediato postparaiso, en el que según nos han hecho creer secularmente los padres de la especie principiaron a taparse las partes pudendas con hojas tras su pecaminoso proceder (“Modelo Aesculus Hippocastanum”), con curiosas metamorfosis consistentes en un insólito tránsito de la flora a la fauna (“Naturalezas desordenadas IV”). Y todo ese microuniverso dominado al fondo por un sol de luminosa irradiación plástica (“Tondo I”).

En términos generales, es sabido que hay curiosas similitudes entre las formas de la naturaleza vegetal y ciertos rasgos de la naturaleza humana en el sentido más fisonómico, esto ya es un principio ofertado “a priori” para la recreación en el mayor y edificante desquicie. Las formas de la Naturaleza nos instan a caer en la cuenta de muchas cosas, lástima que en las actuales sociedades cuando no se vulneran o violentan ciertas esencias inmanentes a ella, se obvian otras posibilidades de la misma.

El contexto ecológico facilita el terreno para que florezca al azar toda la vegetación que fuere, ¿no es eso ya un acto de libre creatividad? Luego, el ser humano obrará perturbadoramente con su intervención reconviniendo ciertos estados de las cosas. También hay la creación de naturalezas domesticadas, al servicio del mero placer recreativo o de la alimentación. Lo que, en cambio, en esta exposición hemos hallado es un muy otro cultivo: el que, teniendo en cuenta los anteriores, tira por la calle de en medio y abre un nuevo universo de posibilidades, por lo que podríamos hablar de una ecología del espíritu.

En BOTÁNyCA hemos descubierto que se pueden cultivar otros bonsáis, además de los tradicionales (Almudena Armenta); que las caprichosas formas de determinados inquilinos del más boscoso reducto nos pueden seducir del modo más intemporal (Elena Blanch); que la estética puede ser machihembrada con el fin más funcional y terapéutico procedente de lo floral (Sonia Cabello); que, al igual que en nuestro día a día civil, en una misma rama se pueden producir al mismo tiempo muy distintas circunstancias (Consuelo de la Cuadra); que cabe la traslación del mundo vegetal al inorgánico cabiendo además un amplio abanico de posibilidades de moldeado (Teresa Guerrero), así como inverosímiles transmutaciones (Toya Legido), así como la sencillez se convierte en el destino del más enrevesado panorama (Paris Matiá), así como la más impensada óptica preña de sugestión nuestro campo visual (Jaime Munárriz)… y así… un sinfín de posibilidades…

En definitiva, lo que se nos ofrecía en el Pabellón Villanueva del Jardín Botánico de Madrid no era sino el fruto obtenido por unos captores de lo concreto, de lo fugaz e inusitado; de un grupo de gentes (el grupo Arte, Ciencia y Naturaleza) que bogan por atrapar con en la red de su inquietud los momentos más fascinantes obtenidos de los más imperceptibles reductos, esos que tienden a ocultársele a la mirada más trivial.