Nov 152013
 

Diego Vadillo López

Tudor Serbanescu

Tudor Serbanescu

Parece que fue ayer (como se suele decir) cuando, coincidiendo espacio-temporalmente con el pintor Tudor Serbanescu, fuimos presentados, cosa que terminó con el feliz resultado de una portada para un libro, “Gómez de la Serna era trotskista”, testimonio dicha portada de una pintura previa, a su vez sustentada en la conversación entrambos sobre el contenido del libro, que iba a ver la luz pronto pero al que aún le faltaba la epidérmica presencia exterior.

Fue la aludida una conversación agradablemente dificultosa, toda vez que Tudor aún no hablaba demasiado castellano, pero sí el suficiente para entendernos, pues era una lengua universal en la que conversábamos, la de la cultura universal, que ejercería de “leit motiv” aquella feliz tarde-noche, a tenor de los resultados.

Lo mejor, al fin, no obstante, fue el fraternal vínculo establecido, que llega hasta hoy, cuando estas líneas escribo, y que espero tenga continuidad incluso cuando las circunstancias interpongan más kilómetros de territorio entre nuestros respectivos día a día.

Tudor Serbanescu como artista es una variante plástica del Tudor humano, aquel que más que observar contempla, y contempla, examina, más allá de la carcasa exterior de las personas, animales, cosas, circunstancias y demás abstracciones, por ello su trazo es, al fin, mera excusa para presentar lo que en otra ocasión definí como “lencería del alma”, pues cada figura erigida sobre el lienzo es fruto de la introspección, pasando a depender la técnica de la resonancia interior que pudieran tener las realidades observadas en el plástico ejecutor.

Como Goya, Tudor es de esos pintores con capacidad para el registro caracterológico, “id est”, dispone de la capacidad para obtener en sí la vibración que produce un modo de ser y eso queda plasmado óleo sobre lienzo, por ello si se quiere obtener la sensación más certera y cercana de lo que nos dicen los cuadros de Tudor Serbanescu, hemos de encararlos morosamente y con la intensidad con que lo hacen dos boxeadores justo antes de iniciar las normadas hostilidades de que requiere su disciplina. A poco que se encaren las obras como si las retásemos a un duelo al sol, en plan “western”, estas se vencerán y procederán a darnos las claves de su espíritu, un ánima que ha transportado Tudor Serbanescu en su plástica intención.

Si amalgamamos todo lo que hasta aquí vengo diciendo incurrimos sin remisión en la paradoja, al menos aparentemente, puesto que nuestro pintor es en gran parte conocido por sus obras de cariz fantasioso. Y es que es, precisamente, a través de la fantasía como logra ofrecernos un mayor realismo.

Es Tudor un hondo-realista, pues indaga y hace aflorar lo que subyace en esa realidad, la cual nos podría trasvasar al lienzo de la manera más roma, pero no, él posee una dialéctica del trazo-color muy característica, reconocible por demás, que nos consigue aportar todos los rasgos de la personalidad de quien fuera, eso sí, embutidos en el cauce del estilo Tudor.

Un gallo, verbigracia, queda dotado de personalidad, así como un fondo u otro; nada es gratuito y todo requerible y entrañable en el orbe pictórico que nos ocupa.

Tengo el honor de pertenecer junto a otros contertulios habituales de Tudor a ese orbe, pero me disculparán que (más por pudor que por otra cosa) no proceda a glosar los rasgos intrínsecos de mi persona perceptibles en tal cuadro, pero ahí están muchos por mí conocidos y otros que seguro, distintas personas, desde fuera, podrán atisbar con exterior y diferente-enriquecedora perspectiva.

En fin, estas impresiones sobre la obra de mi entrañable camarada Tudor viene a cuento de la celebración de su aniversario, el tercero que tengo el gusto de compartir. Han sido tres años asistiendo al nacimiento de muchas de sus creaciones, que ya son como de la familia, por ello quiero felicitar al maestro y enviarle un fortísimo abrazo.